La historia se desarrolla en 1936, en el contexto de una Europa al borde de la Segunda Guerra Mundial, y tiene lugar en Lisboa, Portugal. Ricardo Reis, un médico y poeta que ha vivido varios años en Brasil, regresa a su tierra natal tras enterarse de la muerte de Fernando Pessoa, su creador y el famoso poeta portugués. El retorno de Reis no solo marca el inicio de su reencuentro con su país, sino también de una relación fantasmal con el propio Pessoa, quien, a pesar de haber fallecido, aparece como una figura espectral que conversa con él a lo largo de la novela.

Reis se aloja en un hotel de Lisboa y lleva una vida discreta, reflexionando sobre su pasado, sus ideales monárquicos y conservadores, y el rumbo del mundo en un período de gran inestabilidad. A lo largo de su estancia en Lisboa, Reis entabla dos relaciones significativas: una con Marcenda, una joven que sufre una parálisis en una mano, y otra con Lídia, una criada del hotel. Ambos personajes representan diferentes aspectos del mundo de Reis: Marcenda, la inalcanzable idealización del amor, y Lídia, una realidad más cercana y tangible.

La novela está marcada por la atmósfera de tensión política en Europa y Portugal. Se menciona el ascenso de dictaduras en Europa (como el fascismo en España y el nazismo en Alemania), el régimen salazarista en Portugal y las implicaciones de estos eventos en la vida de los ciudadanos. Saramago emplea estos temas como telón de fondo para que Reis reflexione sobre la decadencia de la civilización occidental, el paso del tiempo, y el papel del individuo frente a la historia.

Uno de los elementos más interesantes de la novela es la relación entre Ricardo Reis y el fantasma de Fernando Pessoa. En sus diálogos, Pessoa actúa como un recordatorio de la inevitable muerte que aguarda a Reis, y al mismo tiempo, como una figura que explora cuestiones de identidad y existencia. La novela se mueve entre lo real y lo fantástico, haciendo que el lector cuestione constantemente qué es real y qué es imaginado en la mente del protagonista.

Finalmente, tras un año en Lisboa, el destino de Reis parece sellado: él, al igual que Pessoa, debe enfrentarse a su propia muerte. El final de la novela es una reflexión sobre la fragilidad de la vida y el hecho ineludible de la muerte, lo que también refleja la situación inestable de una Europa en crisis.